Traducción libre del capítulo “Moral Sexuality” de C.S. Lewis de Mere Christianity. The C.S.Lewis Collection Signature Classics and Other Major Works. Edición Kindle

Avanzo en una reflexión sobre los antecedentes de la Revolución Sexual[i] y el modo como una política de Estado norteamericana desde la década de los años sesenta del siglo pasado influyó en la región latinoamericana y una interpretación sobre sus posibles efectos. El escrito que aquí traduzco de C.S.Lewis, profesor de literatura inglesa en la Universidad de Oxford, me parece pertinente para dicho propósito. Fueron inicialmente intervenciones radiofónicas del año 1942, durante la Segunda Guerra, y que luego él publicó.

Las considero de una claridad meridiana, especialmente por tratarse de un ateo convertido posteriormente al cristianismo. Él reconoce que por haberse hecho preguntas duras y exigentes es por lo que reconoció la superficialidad y craso error de su postura anterior, encontrando en el cristianismo respuestas contundentes.

Sus ideas exponen claramente la doctrina que sobre el matrimonio cristiano ofrece la Iglesia Católica. Hace ocho décadas varias confesiones cristianas también las profesaban. Lamentablemente, desde entonces algunas han cedido y aceptan el divorcio, al igual que otras actuaciones que erosionan la esencia del matrimonio.

Nos hallamos en momentos confusos y difíciles. No solo se ataca al matrimonio natural (el contraído por un hombre y una mujer), sino el ejercicio natural de la paternidad y maternidad. El extravío al que lleva la ideología de género y transgénero pretende imponer las acciones de profesionales y de maestros escolares en la identidad de los niños y adolescentes, impidiendo la actuación de los padres.

Por hallarnos a ocho décadas de la alocución original es por lo que en mi traducción libre modifico algunas de sus imágenes y metáforas con el fin de hacer sus ideas más comprensibles al imaginario contemporáneo. Claro, sin modificar la esencia de su planteamiento. Las imágenes que intercalo son para mejor ilustrar el contenido.

El capítulo anterior tuvo un tono negativo, pues planteé lo que considero errado en la tendencia sexual de la persona humana y poco dije sobre lo bueno de dicha tendencia; entre otras palabras, sobre el matrimonio cristiano. Hay dos razones por las que no quería abordar el asunto. La primera, porque las doctrinas cristianas sobre el tema son todo menos populares. La segunda, porque no me he casado y hablo por referencia de otros. A pesar de ello, considero que no debo silenciar el tema, especialmente en una reflexión sobre la moral cristiana.

La idea sobre el matrimonio cristiano parte de las palabras de Cristo cuando se refiere al hombre y su esposa como un único organismo [un ser] –pues eso es lo que la palabra ‘carne’ significa en lenguaje contemporáneo. Los cristianos creen que cuando Jesús dijo esto no se refería a un sentimiento, sino a un hecho –tal como el hecho de la llave y la chapa ser un solo mecanismo, o al arco y el violín ser un instrumento musical. El inventor de la máquina humana nos dijo que las dos mitades, el varón y la hembra, fueron creadas para combinarse en pareja no solo al nivel sexual, sino en todos los órdenes.

El descarrío de la unión sexual fuera del matrimonio consiste en que los que eso consienten aíslan un tipo de unión (la sexual) de todo el resto de los vínculos intencionados para acompañar aquel. La actitud cristiana no significa que haya nada malo en el placer sexual como no lo hay en el placer de comer. Significa, en cambio, que no se debe aislar el placer en sí mismo al igual que no debe aislarse el placer de comer sin ingerir y digerir, solo masticando las cosas para luego escupirlas.

Por eso el cristianismo enseña que el matrimonio es para toda la vida. Existen diferencias entre las distintas confesiones: unas no admiten el divorcio; otras lo aceptan a regañadientes y solo para casos especiales. Es un pesar que los cristianos difieran sobre esto. Para la persona del común lo importante es caer en cuenta que todas las iglesias coinciden más sobre el matrimonio que sobre otras cosas de la vida.

Cánones grupos sociales

Quiero decir que todas consideran el divorcio como el cercenar un cuerpo, algo semejante a una cirugía. Unas piensan que la cirugía es tan violenta que no debe llevarse a cabo; otros la aceptan solo en casos extremos. Todas acuerdan que se trata de algo como la amputación de los pies y no como la disolución de una sociedad comercial[i], o desertando del ejército. Todas disienten con la visión moderna que solo se trata de un reajuste sencillo de la relación de las parejas[ii] cuando el enamoramiento se erosionó, o cuando alguno(a) se enamoró de otro(a).

 [i] Aunque hoy es el caso del matrimonio civil en una notaría. Se trata de un contrato civil como cualquier otro, donde median cláusulas al tenor del Código Civil vigente.

[ii] Nada sencillo lo atestiguan los psicólogos y consejeros de pareja. Suelen afirmar quienes se separan que “quedaron de buenos amigos”. La realidad suele ser otra. La infidelidad es un desastre y un gran fracaso.

Es un asunto de justicia

Antes de considerar esta visión contemporánea con relación a la castidad, no olvidemos considerarla en relación con otra virtud: la justicia. La justicia incluye el guardar las promesas. Todo el que se casa en una iglesia promete públicamente hallarse al lado de su pareja(o) hasta la muerte. El deber de cumplir esa promesa no se relaciona de modo diferente con la moral sexual: se halla en la misma categoría de cualquier otra promesa. Si, como dice la gente hoy, que el impulso sexual no difiere del todo del resto de impulsos y, por lo tanto, es de fácil dominio, debería poderse controlar solo por nuestras promesas. Pienso que no hay tal, sino que el impulso sexual se atiza de modo perverso, de ahí que debamos cuidarnos para no caer.

A esto habrá quien nos diga que la promesa que hizo en la iglesia era solo una formalidad y que nunca pretendió cumplirla. ¿Entonces a quién pensaba engañar? ¿A Dios? Algo bien estúpido. ¿A sí mismo? Peor aún. ¿A su novia(o), o sus suegros? Eso era traicionero. Con frecuencia, creo, que la pareja o al menos uno(a) de ellos pretendía engañar a los asistentes. Pretendían la dignidad atribuida al matrimonio sin pagar su precio: eso es son farsantes, tramposos.

Si son tramposos por costumbre, no hay nada que pueda decirles: porque ¿quién querrá urgirles las serias y duras exigencias de la castidad a quienes ni siquiera son honestos? Pero si arrepentidos quieren ser ahora honestos, la promesa hecha, pues ahora los obliga.

Es por lo que lo dicho se considera asociado con la justicia y no con la castidad. Si la gente no cree en la permanencia del matrimonio, lo mejor es que no se casen y así no hacen votos que no piensan cumplir. Es cierto que en el pensamiento cristiano convivir es un pecado, el de fornicar. Pero una falta no se borra agregando otra: lo inmoral no se borra con el perjurio.

 

Enamoramiento y promesa

La idea que “estar enamorado” sea la condición necesaria para permanecer casado no deja campo para el matrimonio como promesa o contrato. Si el amor es todo, entonces la promesa no adiciona nada, y si no agrega nada, pues no debe hacerse. Lo curioso es que los novios mismos, mientras permanezcan enamorados, saben esto mejor que los que solo hablan del amor. Chesterton señaló que los enamorados suelen atarse haciéndose promesas. Las canciones de amor en el mundo entero se refieren casi siempre a votos de amor eterno. La ley cristiana no obliga a nada extraño a la índole de la pasión: simplemente pide de los amantes que tomen en serio algo a lo que su pasión los impulsa.

Ahora bien, la promesa sincera hecha para siempre a mi amada(o) y claro estando enamorado(a) me ata, y me ata al punto de ser fiel a la promesa, así no me halle enamorado ya. Una promesa implica cosas que puedo hacer, es sobre acciones: nadie puede prometer sentimientos en el tiempo. De lo contrario, uno podría prometer no tener nunca un dolor de cabeza o no sentir nunca hambre.

La pregunta válida es la de cuál es el propósito de mantener dos personas juntas si ya no están enamorados. Existen varias razones sociales y sensatas: proveerles un hogar a los hijos; proteger la mujer (que muy probablemente sacrificó su carrera al casarse) de ser abandonada cuando el hombre se canse de ella.[i] Sin embargo, existe otra razón de la que me hallo seguro, pero que no es fácil explicarla.

El asunto no es de bueno o malo.

Es difícil explicarla porque la gente no cae en cuenta que, si B es mejor que C, puede existir un A todavía mejor que B. Les gusta pensar en términos de bueno o malo, no en términos de bueno, mejor, y lo mejor; o lo malo, lo peor, lo abominable. Quieren saber, por ejemplo, que si para Ud. el patriotismo es algo bueno. Si Ud. responde que claro que es mejor que un individuo egoísta, pero inferior a la caridad universal y de hallarse ambos en conflicto, la caridad universal debe primar; si Ud. responde así, lo acusarán de evasivo. Espero no sea el caso con lo que ahora argumento.

Lo que llamamos ‘enamorarse’ es un estado glorioso y de muchas maneras, algo bueno para nosotros. Nos ayuda a ser generosos y valerosos, nos abre los ojos no sólo a la belleza de la amada(o) pero a toda belleza, y subordina, al menos al comienzo nuestra sexualidad animal; en este sentido, el amor es el gran conquistador de la concupiscencia. Nadie en sus cinco sentidos negaría que estar enamorado es mejor que sólo la pasión sensual o el egoísmo exacerbado. Pero, como lo dije antes, es bien peligroso el echar mano de cualquiera de nuestras tendencias naturales y darle curso a toda costa. Estar enamorado es una gran cosa, pero no la mejor de todas. Hay muchas cosas inferiores a ella y también superiores. No puede hacerse de ella la razón de la vida. Es un sentimiento noble, sin embargo, es eso un sentimiento.

No se puede confiar que un sentimiento perdure en toda su intensidad, y menos que perdure para siempre. El conocimiento perdura, los principios perduran, los hábitos también, pero los sentimientos vienen y van. Y, de hecho, digan lo que digan, el estado de hallarnos enamorados por lo general no perdura. Si el final de los cuentos de hadas “Y vivieron felices para siempre” significa que ‘se sintieron durante los siguientes 50 años como el primer día de casados’, entonces mienten, pues sería indeseable si fuera verdad. ¿Quién puede vivir en tal estado emocional incluso por cinco años? ¿Qué pasaría con su trabajo, su apetito, su sueño, sus amistades?

Enamorar y amar

Pero claro, dejar de estar enamorados no implica no amar. El amor en este segundo sentido –amor diferente al hallarse enamorado—no es solo un sentimiento. Es una unión profunda, sostenida por la voluntad y habitualmente reforzada por el hábito. Reforzada (en el caso de los matrimonios cristianos) por la gracia que la pareja pide y recibe de Dios. Pueden poseer este amor incluso en los momentos en que no se gusten; al modo como nos amamos a nosotros mismos, así no nos gustemos. Y pueden retener este amor incluso, si lo admiten, hallándose enamorados de otro(a).

‘Estar enamorados’ los movió inicialmente a prometerse fidelidad; y aquel amor reposado los ayudó a guardar y cumplir la promesa. Con este amor es que el motor del matrimonio funciona; estar enamorados fue como el motor de arranque.

De no hallarse de acuerdo conmigo, el lector puede decir: “Él no sabe nada al respecto porque no se ha casado”. Y seguramente tendrá razón. Pero antes que me diga eso, asegúrese que me juzga por lo que verdaderamente sabe, por su propia experiencia, por lo que observa de la vida de sus amigos [y no por las ideas que abundan en las redes sociales o videos de YouTube]. Eso no es tan fácil hacerlo como la gente cree. Nuestra experiencia suele colorearla la televisión, las películas [hoy, las redes sociales, el resto de imágenes y relatos del internet] lo que exige discernimiento y habilidad para saber lo sé en verdad producto de mi experiencia.

Suelen los medios de comunicación (novelas, películas, redes sociales, etc.) vender la idea que, si uno se casa con la persona que es, vivirá enamorado toda la vida. Como resultado, cuando esto no se da, lo consideran un error que cometieron y, por lo tanto, se hallan en todo su derecho de cambiar. Sin caer en cuenta que el encanto también mermará en el nuevo amor como sucedió en el primero. En este tema de la vida, al igual que en todos, el entusiasmo que se da en un comienzo no tiene por qué perdurar.

Lo relativo de las emociones

El tipo de emoción que un joven tiene anhelando el volar, es posible, sé mengue en la escuela de aviación y luego buscando puesto en alguna aerolínea. La emoción que se siente viendo un lugar idílico donde vivir es posible decrezca una vez viva en ese lugar. ¿Quiere esto decir que no debemos aprender a volar o vivir en un lugar idílico? Claro que no. En ambos casos, de llevarlos a cabo, la erosión de la primera emoción es posible, se compense por un interés tranquilo y más duradero.

Lo que es mejor aún (y no encuentro palabras para indicar la importancia de esto) son precisamente las personas que se arriesgan a la mengua de la emoción inicial y aceptan la quietud del nuevo estado, las más propensas a hallar emociones nuevas en otros sentidos. El hombre que aprendió a volar a lo mejor descubre la música y el goce del paisaje en las alturas. El que se fue a vivir al lugar idílico, es posible descubra el gusto por la jardinería.

Esto creo es lo que Cristo quiso decir con “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” [Jn 12:23-24]. Simplemente, no es bueno querer retener todo entusiasmo: posiblemente es lo peor que se pueda hacer. Permita que dicha emoción pase –se muera—y luego de ese intervalo de muerte pase al interés más pausado y la felicidad que le sigue y así caerá en cuenta que vive en un mundo siempre lleno de nuevas emociones. Pero si Ud. decide quedarse con las emociones presentes y prolongarlas artificialmente, estas se debilitarán, disminuirán en número, se aburrirá, y se volverá un viejo cascarrabias y desilusionado.

Es por lo que pocos entienden esto que muchos adultos mayores divagan sobre su juventud perdida en el momento que precisamente se pueden vislumbrar nuevos horizontes y varias puertas a su alrededor se abrirían. Es más divertido aprender a nadar que permanecer chapuceando ya mayor por la emoción que esa primera zambullida le causó. 

¿Es inevitable el enamorarse?

Otra noción que nos llega por los medios es que el ‘enamorarse’ es algo irresistible, algo que le sucede a uno como con una infección. Y por creer en esto es que hay casados que tiran la toalla, pero caen de nuevo si se sienten atraídos por una nueva persona. Sin embargo, creo que estas pasiones irresistibles son menos frecuentes en la vida real que en las películas, al menos para cuando uno es adulto. Si conocemos a alguien guapa(o), inteligente y simpática(o), claro que, en un sentido, debemos admirar esos atributos. ¿Pero acaso no depende de nosotros que esa admiración se transforme en amor de enamoramiento? No hay duda de que, si nuestra mente se halla infundida por novelas, películas y los medios en general, canciones románticas, y nos hemos pasado de tragos, transformaremos cualquier admiración que sintamos en ese amor. Algo semejante al surco que se halla en nuestro camino que recoge toda la lluvia, o los lentes azules te hagan ver todo azul. Pero entonces será por nuestra culpa.

La imposición indebida de estilos de vida

Antes de finalizar el tema sobre el divorcio, quiero distinguir dos cosas que suelen confundirse. Una cosa es la concepción cristiana del matrimonio; otra cosa es que como congresista quiera imponer dicha concepción sobre el resto de la comunidad. Muchos creen que si uno es cristiano debe dificultar que la gente se divorcie. No lo creo así. Sé que me molestaría mucho si los musulmanes quisieran prohibirme que tome vino. Mi punto de vista que las iglesias deben reconocer que la mayoría de la gente en la Gran Bretaña no son cristianos y no tiene por qué esperarse que vivan vidas cristianas. Deben existir dos tipos de matrimonios: uno regido por el Estado con normas que rigen para todos los ciudadanos. Otro regido por las iglesias y cuyas normas deben cumplir sus integrantes. La distinción debe ser clara para el ciudadano de a pie que debe poder distinguir quiénes se hallan en un vínculo religioso y quiénes no.[i]

¿El esposo cabeza del hogar?

Hasta aquí lo relativo a la doctrina cristiana con relación a la permanencia en el matrimonio. Queda por tratar otro tema, aún más espinoso. La promesa de la esposa de obedecer a su esposo. En el matrimonio cristiano, el hombre es la ‘cabeza’. Surgen entonces dos preguntas: (1) ¿Por qué debe existir una cabeza –por qué no igualdad? (2) ¿Por qué ha de ser el hombre?[i]

  • La necesidad de alguna cabeza parte de la permanencia del matrimonio. Claro, siempre y cuando ambos lo hayan acordado, no tiene por qué surgir la necesidad de una cabeza. Esperamos esta sea la situación normal en un matrimonio cristiano. Pero cuando surge una disputa seria, ¿qué ha de suceder? Conversar, claro; sin embargo, asumo que ya lo hicieron y no han podido solucionar el conflicto. ¿Qué hacer entonces? No pueden decidir por mayoría de votos, porque en un grupo de dos no existe tal mayoría de votación. Una de dos cosas puede suceder entonces: se separan y cada uno toma su camino o uno de los dos posee el voto de desempate. Si el matrimonio es permanente, una de las partes debe, en última instancia, tener el poder de establecer la política familiar. No es posible una asociación permanente sin que exista una constitución.
  • Si ha de existir una cabeza, ¿por qué el hombre?[ii] En primer lugar, existe el deseo sincero de que sea la mujer. Aunque no estoy casado, sí observo que la misma esposa que quiere ser la cabeza critica la vecina que sí lo es. Suele decir: “Pobre el señor fulano, me horroriza cómo se aguanta que esa mujer lo mande y trate de ese modo.” Seguro que no le halagará que le llamen la atención sobre su propio mando.

Debe haber algo no natural sobre el mando de las esposas sobre sus maridos, pues muchas de ellas se avergüenzan de ello, además despreciar a sus maridos. Pero existe otra razón y repito hablo como soltero. En las relaciones exteriores de la familia con lo externo deben depender el hombre, ya que este debe ser, y por lo general lo es, más justo hacia los demás externos. La esposa, por lo general, combate por sus hijos y su mismo esposo de manera denodada. Lo natural para la madre y esposa es que sus reclamaciones se antepongan a cualesquiera otras. Ella es la principal fideicomisaria de los intereses de los integrantes a su cargo. La función del esposo es velar porque esta preferencia natural no se desborde. Él tiene la última palabra para así proteger a otros del intenso celo de su esposa.

Si alguien duda esto, les pregunto. Si su perro mordió al niño del vecino o si su hijo maltrató el perro del vecino, ¿con quién cree Ud. que debe resolver el asunto: con el señor o con la señora?

O si Ud. es una mujer casada, permítame hacerle la siguiente pregunta: ¿con todo y lo que Ud. admira a su esposo, acaso no diría Ud. que su mayor defecto es no haber enfrentado al vecino y defendido sus derechos y los de la familia tan enérgicamente como Ud. hubiera querido? ¿Es que es un apaciguador?

 

[i] El término revolución sexual o liberación sexual hace referencia al profundo y generalizado cambio ocurrido durante la segunda mitad del siglo xx en numerosos países del mundo occidental desafiando los códigos tradicionales relacionados con la concepción de la moral sexual, el comportamiento sexual humano, y las relaciones sexuales. La liberación sexual tuvo su inicio en la década de 1960 y su máximo desarrollo entre 1970 y 1980, aunque sus consecuencias y extensión siguen vigentes y en pleno desarrollo.

https://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_sexual#:~:text=El%20t%C3%A9rmino%20revoluci%C3%B3n%20sexual%20o,comportamiento%20sexual%20humano%2C%20y%20las

[ii] Aunque hoy es el caso del matrimonio civil en una notaría. Se trata de un contrato civil como cualquier otro, donde median cláusulas al tenor del Código Civil vigente.

[iii] Nada sencillo lo atestiguan los psicólogos y consejeros de pareja. Suelen afirmar quienes se separan que “quedaron de buenos amigos”. La realidad suele ser otra. La infidelidad es un desastre y un gran fracaso.

[iv] No sabemos cómo haya sido la situación hace ocho décadas. Lo que si podemos agregar hoy es que lo dicho en ese entonces contra el hombre, hoy es válido contra la mujer. Aunque no en números absolutos, pero sí en la frecuencia de los casos, cada vez hay más mujeres cansándose de su pareja y dejando tirados al padre y a los hijos. La liberación de la mujer y la ideología de género han llevado a una impudicia de parte de la mujer antes desconocida.

[v] Hoy ya no es este el caso de querer las religiones y confesiones imponer sus creencias y modos de vida sobre el resto de la población (tal vez exceptuando países musulmanes sometidos a teocracias). Sin embargo, las uniones no naturales y las ideologías de género y transgénero sí pretenden imponer sus estilos de vida y creencias sobre el resto de la población por medio de la emisión de leyes al respecto. Una cosa es que los ciudadanos no sean discriminados por estilos de vida alternos al común y otra cosa es la imposición de esos estilos sobre el resto de la población.

[vi] El texto de la Biblia tomado de la Epístola a los Efesios de San Pablo al respecto reza: 22 Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor. 23 Porque el esposo es cabeza de su esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él su Salvador. 24 Así como la iglesia se somete a Cristo, también las esposas deben someterse a sus esposos en todo.

25 Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella 26 para hacer la santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, 27 para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable. 28 Así mismo, el esposo debe amar a su esposa como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, 29 pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la iglesia, 30 porque somos miembros de su cuerpo. 31 «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos llegarán a ser uno solo».[a] 32 Esto es un misterio profundo; yo me refiero a Cristo y a la iglesia. 33 En todo caso, cada uno de ustedes ame también a su esposa como a sí mismo y que la esposa respete a su esposo. [tomado de la Nueva Versión Internacional Efesios 5:22-33 NVI – Esposas, sométanse a sus propios – Bible Gateway]

Tómese nota que si el amor del esposo hacia la esposa es como el de Cristo a la Iglesia, significa que debe hallarse dispuesto a morir por ella y hasta muerte de cruz. Algo que deja el sometimiento de la esposa al esposo como algo bastante menor.

[1] Aunque lo común es que sea la madre soltera la que asume el cargo de su hijo ‘madre cabeza de hogar’ hay casos en que la madre reniega de su responsabilidad y es el padre el que toma a cargo sus hijos. También es el caso del viudo.