¿Reyezuelos, ególatras o simplemente idiotas?
Asistimos a una erosión de la figura del estadista (“persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado” Diccionario de la Lengua Española DEL). Otra manera de decirlo: no sobresalen los buenos políticos.
¿Qué es un buen político?
AI Overview nos responde que: “es un líder ético enfocado en el bien común, caracterizado por la honestidad, empatía y capacidad de escucha para resolver las necesidades ciudadanas. Combina visión estratégica, inteligencia emocional y comunicación efectiva para tomar decisiones firmes pero democráticas. Su enfoque principal es generar un impacto positivo y dejar un legado positivo (…) dirige con autoridad democrática y diálogo, no con autoritarismo.”
Pienso en un par de políticos al que nos referimos en este escrito, que el lector puede considerar como ficticios, que no se acercan a dicha definición. Esto sucede por las razones que paso a considerar.
Si la política es un arte que regula la vida pública gestionando el poder para resolver conflictos a través del dialogo, el consenso, las leyes orientando la convivencia para el bien común, nuestros personajes obran en total contravía: polarizan la población, hacen caso omiso de la ley, no dialogan, imponen sus caprichos, ignoran qué es el bien común.
Recientemente, se refieren a su legado. Uno afirma que se hablará de él por mucho tiempo, el otro afanosamente nombra edificios y parques con su nombre.
Aunque cada uno dice provenir de ideologías opuestas, el hecho es que estas se disuelven en sus actuaciones. Uno anima a bandas delincuentes a violar la propiedad privada, cobrar vacunas y secuestrar. El otro, emplea las fuerzas del mismo estado para apresar indebidamente ciudadanos y exilarlos. Y todo llevado a cabo con un descaro vanidoso poco común.
Ambos hacen caso omiso de las instituciones que regulan las distintas ramas del Estado. Legislan al margen de los órganos constitucionalmente constituidos.
A las instituciones como las fuerzas armadas a las que por su posición presidencial ejercen el máximo comando, las transforman en órganos afectos a su persona por ser el máximo comandante.
Sin pudor alguno llevan a cabo negocios que los benefician incluyendo a sus propias familias, parientes y amigos. En un caso con dineros del erario, en otro a partir de su ingente capital.
Y como no hay que ver el vaso medio vacío, sino a medio llenar, algo bueno debe quedar de este nuevo curso que la democracia está tomando. En un caso, que la selva y el monte no enseñan a administrar y que el odio y resentimiento no tienen la enjundia para enfrentar la complejidad de la cosa pública. En otro caso, que el Estado no es una empresa con ánimo de lucro, ni los ciudadanos una clientela manipulable.
Ambos ahora se hallan afanados de cómo amañar las próximas elecciones para si bien ellos mismos no quedar directamente en el poder, al menos seguir aferrados a él como las plantas parásitas se aferran al tronco que las sostiene.
¿Y por qué “idiotas” se preguntará el lector? En personas audaces, sagaces y astutas no cabe ese adjetivo. Aquí lo empleamos en su uso por los griegos de la antigüedad (idiotes) para quienes no era un adjetivo irrespetuoso, despectivo ni insultante. Ni tenía relación con el cociente intelectual de la persona.
Se refería al ciudadano común pero no interesado en los asuntos que concernían al bien común. En la polis griega, mantenerse al margen de la vida pública y ciudadana era “signo de ignorancia, de falta de educación, de desinformación y de abandono del deber”. [i] Claro, con el tiempo, esto fue dando origen a la connotación negativa que tiene hoy.
¿Por qué “reyezuelos” en el título con el cual propongo este escrito? Primero, aclaremos lo que significa ser rey. Se trata de un monarca soberano de un reino. Nociones, monarca y reino, en desuso hoy, sin embargo, nuestros personajes, por su obrar, parecen querer actualizarlas. El rey manda sobre sus súbditos para lograr un fin. Y la clientela de ambos personajes, en sus manifestaciones polarizadas, no hay duda, que actúan como los súbditos y siervos de los monarcas de antaño. Si el reino se refería, en ese entonces, a un territorio físico, para nuestros personajes, hoy el erario, todos los canales de información (redes sociales, prensa escrita y virtual, cuentas ‘X’, etc.) configuran su “territorio”. El “reyezuelo” se cree rey sin serlo.
Porque en la historia humana ha habido reyes buenos y malos. Entre los buenos, incluso los ha habido santos. Un ejemplo, es el de San Ricardo el Peregrino, cuya fiesta la Iglesia celebró en este mes (febrero 8). Entre leyenda y tradiciones [ii], se sabe que San Ricardo fue rey regente mientras el heredero cumplía edad. Abdicó sin nostalgia por el poder.
Con Wuna de Wessex, su esposa y hermana de San Bonifacio, el mártir que evangelizó a los sajones (tribus bárbaras alemanas) tuvieron tres hijos: Willbald, Winnibalda y Walpurga. Los tres, también santos. El primero, obispo de Eichstatt; el segundo, abad de un monasterio benedictino en Heidenheim; y la hija abadesa de Wimborne.
Tomado de Wikimedia
Se le conoce como Ricardo el Peregrino porque una vez que abdicó y ya viudo, renunció a todos sus bienes; entregó a su hija de once años a las benedictinas de Wimborne donde recibió una formación esmerada que la habilitó más tarde para ejercer cargos importantes. Y él, en compañía de sus dos hijos, inició su peregrinación a Roma desde la entonces Inglaterra.
Las penalidades del camino lo detuvieron en la ciudad de Lucca, en la Toscana, donde murió (720). Muy rápidamente por su intercesión se sucedieron milagros.
Se trató, entonces, de quien tuvo el poder en sus manos, pero no se dejó seducir por él. Educar y formar tres santos que luego ocuparon cargos de mando y servicio en la Iglesia, demuestra un hogar donde reinó la piedad junto con todas las virtudes cristianas vividas con heroísmo. Donde el amor a Dios y al prójimo se manifestó en todo su esplendor en el servicio a los demás, a los pobres en particular.
Luego, sí es posible servir al bien común de parte de quienes ejercen poder, tienen posesiones, y merecen prestigio. Las tres p’s que, de no saberlas encauzar, debido a nuestra vulnerabilidad moral, terminan llevándonos en barrena hacia el fracaso, la infelicidad, la frustración, representan las principales tentaciones de cualquier ser humano.
Si al lector le parece que los dos personajes descritos al principio de este escrito tienen algún parecido con alguna realidad es pura coincidencia….
[i] En la antigua Grecia, un «idiota» (del griego idiotes) era un ciudadano que se centraba exclusivamente en su vida privada, negocios particulares y familia, rechazando participar en la vida pública, política o en los asuntos de la polis. No era un insulto de inteligencia, sino un término despectivo para quien ignoraba el bien común.
- Significado original:Deriva de idion («lo privado» o «particular»). Era quien no asumía su rol ciudadano en la democracia, considerándose inmaduro o egoísta.
- Contraste:Se oponía al concepto de polites (ciudadano activo y comprometido con la polis).
- Contexto:Aunque no implicaba estupidez, en la Atenas democrática, desentenderse de la política era una excentricidad o una falta de civismo, lo que eventualmente dio origen a la connotación peyorativa actual.
- Evolución:Con el tiempo, pasó de significar «persona privada» a referirse a alguien poco instruido o ignorante en asuntos cívicos, hasta llegar a su significado moderno de tonto o corto de entendimiento. (AI Overview)
[ii] https://en.wikipedia.org/wiki/Richard_the_Pilgrim
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